Ozzy Osbourne no tenía rutina. Tenía un ritual de autodestrucción diario.
Durante años, su desayuno fue una mezcla de whisky, vodka y cocaína. En las giras, desaparecía por días. Lo encontraron tirado en cuartos de hotel, sangrando, inconsciente o hablando con fantasmas. Esa era su normalidad.
Y sin embargo, Ozzy sobrevivía. Cada vez que el mundo lo daba por perdido, resurgía. Como si la oscuridad misma se negara a soltarlo.
Con Black Sabbath encarnó el heavy metal desde su origen. Con su carrera solista se convirtió en una leyenda viviente. Y con su reality show en MTV, se metió a millones de hogares como un rockstar disfuncional, pero entrañable.
Ozzy no fue ejemplo. Fue excepción. Su cuerpo, estudiado por científicos, tenía mutaciones genéticas que lo hacían más resistente a las drogas y el alcohol que el común de los mortales. Y él lo sabía.
Hasta que un día, su cuerpo dijo basta.
La escena final fue tan potente como todo su recorrido: Ozzy en un trono, rodeado de su familia, con la voz ya quebrada, cantando «Mama, I’m Coming Home» frente a millones de personas.
Se apagó el 22 de julio de 2025, a los 76 años.
Al final, Ozzy fue un testimonio viviente de que el caos también puede ser un legado. Y que, a veces, la rutina de un ídolo es simplemente… sobrevivir.